Te has levantado cansada. No se le puede llamar dormir a esa especie de estado inconsciente y artificial en el que has estado diez horas, pero tarde o temprano siempre hay que despertar. Te duchas porque hay que ducharse. No te gusta, pero tampoco te resulta desagradable. Desayunas porque es lo que hay que hacer. Apenas un café y una galleta. No te despierta ni te llena, aunque tampoco te sientes vacía. Coges el coche y todo parece no querer avanzar, parece que el aire fuese gelatina. El mismo hecho de tomarlo y expulsarlo parece extraño. Parece costarte trabajo.

En el curro no das pie con bola. Tu cabeza parece no querer funcionar, pareces llena de nada. Demasiado vacío para tanta sonrisa fingida. Comes porque hay que comer, medio zombi. Te tomas tres cafés, una poción mágica que parece no funcionar. El día pasa lento y agotador. Vuelves a casa. Dejas las llaves en su sitio, en la cómoda de la entrada. Te quitas los zapatos. Con eso solía irse el cansancio, pero hoy no. Ves el sofá tentador. Vas directa a la cama porque sabes que si te sientas no te levantarás más.

Escuchas ruido, pero no quieres moverte. La gelatina asquerosa del aire ha entrado en ti. Te ha arrastrado a la ausencia. Ausencia de ti misma, un vacío horriblemente lleno que ni siquiera te da asco. Sientes como se remueven las sábanas. Ella está aquí. Eso debería consolarte, pero no lo hace. No hay consuelo ni nada que consolar. Eres un cascarón vacío. O peor, lleno de ti. Sientes los besos en el cuello, los dedos acariciándote la espalda, el vientre y el pecho. Entonces te giras. Ella te mira a los ojos, pero no ve. O eso crees tú.

Desabrocha los corchetes de tu sujetador y tira de la camiseta negra que llevas puesta. Y tú quieres reaccionar, pero no eres nada. A esas alturas ya deberías estar a mil por hora. Ella parece no darse cuenta de que estás sin estar. Ella, que normalmente es capaz de excitarte con pestañear.

Te desnudas y le quitas la ropa, despacio y dispuesta a fingir para no herirla, pensando en lo que deberías sentir y no sientes. Tampoco sentirías nada sin en lugar de acariciarte te clavase las uñas y te arrancase la piel. Ni placer ni dolor. En la gelatina no existe nada, ni siquiera tú misma. Parece que está fuera, pero siempre la tienes dentro.

No hay placer en el sabor del café, ni el descanso del cuerpo, ni en los pies hinchados al sacarte los zapatos y pisar en las frías baldosas, ni en el agua tibia de la ducha…Ni en la tibieza de un cuerpo desnudo sobre la cama. El cuerpo de esa persona con quién compartes tu vida y a quien amas, aunque no eres capaz ni de recordar cómo se hacía.

Ya has estado aquí. Sabes lo que hay. Pasará, te dices a ti misma. Siempre pasa. Es agua densa, espesa y sucia y terminará por correr. Y volverá a tentarte el olor del café, el sueño reparador, el sexo sin planear, el amor de verdad, el placer y el dolor. Vivir volverá a valer la pena. Volverás a disfrutar y a sufrir, te dices. Mientras ella te mira y se pone muy seria. Te conoce bien, mejor que nadie. Tal vez mejor que tú misma. Parece dudar, pero al final se atreve. Y suelta esa pregunta que tú tanto temes. ¿Estás mal otra vez?

Y quieres decir que no. Y quieres sonreír. Tranquilizarla. Quieres creértelo tú misma. Pero no puedes. Sabes que ahora vives en la gelatina. Sabes que se irá, pero se llevará parte de ti con su densidad. Y esperas que al otro lado, cuando se disipe y de nuevo puedas respirar libre, siga estando ella. Apoyas la cabeza en su pecho y no le cuentas nada. Pero le dices todo en un no te vayas.

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2 comentarios en “Gelatina (relato roto)

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