Aquel lunes llegué pronto a mi puesto, como cada mañana. Me gustaba charlar un rato con los agentes y revisar mis asuntos antes de la reunión de primera hora del turno. Luego cada uno se iba a su puesto o a la calle a hacer su trabajo.

En general, había buen rollo en aquellas oficinas. Los agentes y los oficiales nos conocíamos todos y tratábamos de llevarnos bien, a pesar de los roces que siempre se producen en un trabajo tan estresante. Incluso el personal de limpieza y auxiliar era tratado con el debido respeto. Yo había estado ya en varios puestos en otros lugares de España y me había sorprendido gratamente encontrarme un ambiente de trabajo tan bueno. Una ve de todo por estos mundos, donde se trata con lo peor del ser humano. En algunos de mis destino, lo peor eran los propios compañeros.

Los agentes que estaban en recepción aquella mañana habían entrado a trabajar conmigo el mismo año. Eran Álvarez y Medina. Medina me miró con sus ojos verdes en cuanto aparecí por la puerta y una sonrisa le iluminó el rostro de ébano. Era hija de madre española y padre marroquí, lo que se notaba en sus rasgos. Le solían encargar los cacheos de mujeres y los interrogatorios. También ejercía de portavoz. Medina dominaba con soltura varios idiomas y, sobre todo, sabía ganarse con una rapidez pasmosa la confianza de la gente. Era carismática y sabía tratar con las personas, empatizando con ellas. Se le asignaban casos de gente perteneciente a etnias marginales, aunque esto último no se debía al color tostado de su piel sino a que muchos de estos detenidos no hablaban apenas castellano.

Álvarez era un tipo alto y robusto, que destacaba en el combate cuerpo a cuerpo y era muy poco hábil con las personas. Sin embargo, era de los mejores tiradores que he visto en toda mi carrera. Decían que podía acertarle a una mosca entre los ojos a 200 metros. Hijo y nieto de policías, su destino parecía sellado de antemano. Aquella mañana de lunes, me miró fastidiado. Su turno estaba a punto de acabar; pero había estado toda la noche en recepción, lejos de la calle y de la acción, que era lo que más le gustaba. Álvarez no me caía mal, pero era de esos policías que anhelaba la sangre como un perro de presa, lo que siempre me pareció peligroso para alguien cuyo trabajo era proteger al ciudadano.

Martínez se me había adelantado y estaba en su mesa tomando el segundo café del día. Sobre su escritorio estaban desperdigados los papeles del caso del “asesino de la sota”, como la prensa lo había bautizado.

— ¡Imbéciles!— Dijo mostrándome el periódico local—. No se dan cuenta de que, en su afán por hacerse con un buen titular, estaban entorpeciendo nuestro trabajo.

— Buenos días, Manuel— contesté, forzando una sonrisa—. Vamos a trabajar, pillar a ese cabrón y hacer que los imbéciles hablen bien de nosotros.

Me serví una taza de café y me uní a Martínez en la revisión del expediente. Había que tener todo preparado en lo posible. El Comisario estaría cabreado, al ver el periódico por la mañana se habría dado cuenta de lo mismo que todo el personal de la comisaría pensaba. Alguien había hablado demasiado o no había tapado convenientemente lo que había que tapar. El Inspector principal Vázquez, mi jefe directo, también tenía cara de malas pulgas aquel día. Aquello era habitual en él, estuviese justificado o no. Su mala leche y su fama de gilipollas le precedía.

Aquella aciaga mañana de lunes, todos nos preguntábamos que vendría a continuación, sin sospechar que la peor tormenta se estaba gestando y la lluvia más ácida estaba aún por llover. Me puse otro café y traté de relajarme. En media hora comenzaría una reunión muy tensa.

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2 comentarios en “Capítulo 5 de “Calle Real, nº36”

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