Cuando volví a casa había café hecho y olía a calor. Sara no estaba y Andreu tampoco. Deduje que habían salido a pasear. Me senté en el suelo de la pequeña cocina, encendí un cigarro y luego me levanté para abrir la ventana y que saliese el humo. Recordé que a Sara le molestaba, pues ella nunca fumó. Volví a sentarme en mi rincón predilecto con el cigarrillo entre los labios y el gato vino a acurrucarse junto a mí. El animal siempre sabía cuando alguien necesita un poco de su silencioso consuelo.
Así nos encontró Sara, que venía con el pan. Lo dejó sobre la isleta de la cocina, se sacó la correa del perro, que llevaba colgada al cuello, y el abrigo. Me miró y no dijo nada. Se sentó junto a mí y estuvimos así un rato muy largo, con el ronroneo de Aitor entre nosotras.
Al final suspiré, me levanté y serví dos tazas de café negro y caliente. Sara seguía sin decir nada. Supongo que sabía que algo iba mal en el trabajo, pero era consciente de que yo no podía hablar y no me preguntaba. Cogió el periódico del salón y lo abrió. Me enseñó el titular que yo esperaba ver. Asentí expulsando el humo del décimo cigarro.
El resto de la mañana transcurrió con normalidad. Era casi mediodía y comenzaba a superar el trauma de ver la sangre y las vísceras de otro chico asesinado. El asesino los degollaba y les rajaba el vientre. Luego les sentaba cerca de unos contenedores, como si les considerase basura, y les ponía una carta de la baraja en la frente.
La primera fue la sota de espadas. Se llamaba Antón y estudiaba el MIR en el Chuac. Un buen chico, tímido y que no solía salir mucho, según todos sus conocidos. Vivía cerca del hospital y la noche que desapareció regresaba andando a su casa tras una guardia. Apareció tres días después de que su compañeras de piso denunciasen su desaparición en los contenedores de una calle del Orzán.
Al segundo nadie le echó en falta en un principio o, al menos, no hubo denuncia. Era camarero en un pub y vivía solo. Apareció junto al mercado de San Agustín. Estaba sentado apoyado en el contenedor sosteniendo sus intestinos con las manos. Y con la sota de bastos pegada con su propia sangre en la frente. Se llamaba Luis. Una chica que trabajaba en el mercado le vio de madrugada y nos llamó.
La tercera víctima no tenía documentación y aún no estaba identificada ese domingo por la mañana. De momento, era la sota de copas. Y yo temía que en un par de meses hubiese una sota de oros que añadir a la macabra colección.
No me apetecía nada tener que volver el lunes a la comisaría, a mi oficina. Era la primera vez en seis años que no estaba deseando volver al trabajo. Tenía el resto del día libre y decidí pasarlo en casa con mi mujer. No me apetecía hacer nada. Pedimos comida del chino y vimos una película en el sofá. El perro también estaba inquieto. Sara me dijo que mañana tenía que llevarle al veterinario y siempre se ponía así. Andreu intuía que algo le iban a hacer, algo que no le gustaba, y tenía miedo de mañana. Yo tenía el mismo presentimiento y un miedo a mañana, al futuro inmediato, todavía peor.

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3 comentarios en “Capítulo 4 de “Calle Real, número 36”

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