Dicen que he tenido suerte. Hasta cierto punto, sé que es cierto; pero yo nunca he creído en la suerte. La suerte, que vino disfrazada de locura, me permitió no acabar en la cárcel. No habría durado mucho en ese lugar. A la gente como yo allí la matan.

Este hospital, o sanatorio o como quieran llamarle, es un lugar frío. Y no me refiero solo a que aquí nunca hay calefacción suficiente y la maldita ventana siempre está abierta creando corriente. Falta calor humano. Falta una mano amiga. Falta alguien que no me mire con miedo o me trate con forzada cortesía.

Sin embargo, se come bastante bien. Si alguna vez os encierran en un sitio como este, no tengáis miedo. Y, sobre todo, nunca pidáis tortilla. Excepto si queréis salir con los pies por delante, única manera digna de abandonar esta casa de locos. Entonces, la tortilla es la mejor opción. Si sois osados, también podéis atreveros tratando de saltar las medidas de seguridad de este sitio. Entonces, es probable que os aten a la cama.

A estas alturas, os estaréis preguntando que hago aquí. Básicamente, juego al pin-pon con otros internos, leo y escribo y soporto lo que me quede de vida con estoicismo, deseando que se acabe ya. Aquí todo es blanco y gris. Hay un pasillo largo donde paseamos a todas horas. También un comedor amplio con mesas redondas. Y una sala de fumadores que casi siempre está cerrada y cuya apertura espero con ansia cada día después de las comidas. Lo que realmente os interesa, a vosotros los de afuera, quizás sea más bien cómo acabé aquí, en esta celda sin barrotes. Eso requiere una explicación más larga. Y en eso consisten estas memorias.

Yo vivía en el número 36 de la Calle Real, encima de una famosa cafetería y rodeada de un montón de tiendas. En la calle, los manteros vendían baratijas y corrían delante de la policía día sí día también. El piso no era mío. La que por aquel entonces era mi novia lo había heredado de su abuelo y le dio pena venderlo. Le podía haber sacado una buena tajada a aquel lugar enano, ruidoso y viejo donde pasamos nuestros mejores años. Porque nosotras vestíamos de Primack y tomábamos café en lugares más baratos. Eramos más como los manteros que como el resto de ciudadanos que podían costearse una vivienda en pleno centro.

Lo que trato de decir con esto, es que yo era alguien normal. Alguien a quién te podías encontrar en la playa de Riazor, caminando en el paseo marítimo, en los Rosales o el Marineda de tiendas, en el súper haciendo la compra, en la calles de la Ciudad Vieja paseando del brazo de mi pareja o cenando unas tapas en cualquier bar de los alrededores. No era rica ni pobre, pero tenía lo más importante. Hasta que lo perdí. Como ya habrás adivinado, lo que intento que comprendas es que lo que me ha pasado a mí le podría ocurrir a cualquiera. Te podría suceder a ti, sin ir más lejos.

Me diagnosticaron un extraño síndrome que tal vez llevo padeciendo toda la vida. O tal vez nunca existió ni existe. Tomo unas cuantas pastillas con cada comida. Desayuno a las ocho, comida a la una y media, merienda a las 6 y cena a las diez. Así un día y otro día. Dicen que estuve psicótica, ida, enloquecida…Pero en el pasado, cuando apretaba el gatillo hasta vaciar el cargador, sabía lo que hacía. Cuando era policía conocía mis porqués. Tal vez sea ahora cuando los ignoro. Por supuesto, aconsejada por mi equipo de abogados, no dije nada de esto delante del juez. Dije lo único cierto. Me cayó el equivalente a la prisión permanente, pero en un manicomio. Lo importante para todos, incluso para mí, era salir de aquello sin mucho revuelo.

El hospital es un mundo paralelo e irreal, ideal para volverse loca. Si no lo estás cuando atraviesas el umbral de la puerta de entrada, lo estás la primera vez que te dejan salir al jardín. La cordura es un bien escaso, como los años de la vida. Y como la existencia, es una batalla perdida.

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4 comentarios en “Capítulo 1 de “Calle Real, nº36”

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