No abrí los ojos. En la penumbra del cuarto, desperté sin saber que estaba en mi habitación. Sentí un sudor frío en mi cuerpo febril, que tiritaba a pesar del calor. El corazón latía tan deprisa que dolía. Dolía el pecho, la espalda y los brazos. Traté de que no me casteñeasen los dientes, de dejar de temblar, de frenar el pálpito desbocado de mis sienes. Creí que me estaba muriendo, traté de gritar y no pude. Entonces pensé que seguía atrapada en la pesadilla, esa que no podía recordar; pero cuyo terror no acababa de marcharse. No abrí los ojos.

Luego se hizo la luz, una luz opaca y gris que no venía de la ventana ni de la lámpara del techo. Y pude verme desde arriba, tendida en el lecho en posición fetal. Estaba vestida con la camiseta blanca con que me había acostado. Tenía el pelo alborotado, la boca abierta y una expresión desencajada en el rostro. Mi ser no estaba allí, sino que flotaba cerca del techo. Pude ver mis libros, mis ropas y los diversos objetos que tenía desperdigados por el cuarto desde arriba. Estaba de nuevo intentando despertarme, cuando la luz neblinosa cambió. Se volvió dorada, cálida y acogedora. Volví de golpe a mi cuerpo, sufrí un espasmo y creí estar despierta al fin, pero no abrí los ojos. 

Mi mente o mi alma o lo que fuese, flotaba de nuevo y salía a la calle a través de la pared. Entonces vi la ambulancia, aparcada en mi calle. Y los tres coches de policía. Alguien llevaba una camilla con un bolsa negra. No abrí los ojos. 

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