El otro día me di cuenta de algo importante, de aspectos de mi vida que debía cambiar, en realidad. Estaba yo con fiebre y malestar, tanto que ni ganas de leer tenía. No podía dormirme, así que abrí Kindle y busqué algún libro en la carpeta de los que me gustaron. Uno que ya hubiera leído para hojearlo y mirar algún fragmento. Me topé con muchos, pero me decidí por “El grito de los murciélagos” de Jesús Carnerero. No sé porqué, tal vez porque estaba un poco agobiada y últimamente apenas había escrito nada.  Y este libro trata, precisamente, de escribir. 

Al poco de comenzar a pasar sus hojas digitales me topé con este diálogo:

—Tengo que escribir.

—Escribe. Y cuando no estés escribiendo, piensa en escribir. 

La segunda frase es inspiradora, pero fue la primera la que llamó mi atención. Quizás fue la fiebre, pero fue una especie de revelación para mí. Como cuando buscas tus llaves y te das cuenta de que las llevas en el bolsillo. Os va a parecer algo muy simple, obvio y tonto. Sin embargo, son las cosas simples, obvias y pequeñas las que al final marcan la diferencia. La gente exitosa lo es porque realiza las pequeñas acciones que sumadas día a día le llevarán a ese éxito, sea grande o pequeño. También piensan del modo adecuado, porque el pensamiento conforma nuestro mundo. Es porque piensan de manera idónea por lo que logran realizar lo que se proponen. Por supuesto, influyen muchos más factores y la mayoría de ellos no están en nuestras manos. Aunque no todos sabemos pensar de manera adecuada, es algo que podemos aprender. 

Veréis, como explico en otras entradas, hace unos cuantos meses que he comenzado a organizar mejor mi tiempo, en la medida de lo posible. Entre las tareas que me propuse hacer todos los días, reservé un par de horas para escribir. Así, he tratado de redactar entradas para este blog, para A Librería y otros proyectos personales en ese tiempo marcado. A los pocos meses de comenzar me di cuenta de que algo no iba bien. Escribía los post y los microcuentos para Twitter sin grandes problemas, pero a la hora de ponerme con los proyectos más largos y personales algo fallaba. Creí que era por cansancio así que dividí ese tiempo en dos sesiones al día y cambié mi horario un par de veces. No funcionó.

La respuesta a porqué no era capaz de ponerme con mis borradores estaba delante de mis narices, pero no la veía. Fue esa frase de Jesús Carnerero, ese “tengo que escribir”, lo que me dio la clave. Porque cuando me sentaba a escribir un post no me decía a mí misma tengo que escribir, pero con mis borradores sí lo hacía. Me decía continuamente tengo que hacerlo, tengo que ponerme con ello, decidir los capítulos que tendrá, que nombre le pongo a la ciudad, a los personajes… Demasiados “tengo que”.  De esta manera llegué a bloquearme todavía más. Ya lo estaba, porque un par de ideas no habían resultado; pero llegó un momento en que lo veía como una obligación. Y no es así. Soy alguien que escribe, del mismo modo que fui alguien que corre. No una escritora, sino alguien que escribe porque disfruta haciéndolo, porque le gusta y, si me apuras, porque lo necesita. Pero esto del “tengo que” ya me había pasado antes. 

Os voy a explicar mi experiencia con el running, porque me pasó lo mismo que casi me pasa con la escritura y creo que es ilustrativo. A mí me gustaba correr, me calzaba las zapatillas, calentaba y estiraba un poco y a trotar, sin pensar mucho. Llegué a correr unos 5 kilómetros unas tres veces a la semana y me sentía muy bien. Corría de casa a la playa y seguía a lo largo de la orilla hasta el pueblo de al lado. Mientras corres estás en tensión, a veces con algo de dolor o molestia, pero al acabar te sientes de maravilla. Luego empecé a leer sobre correr, empecé a planificar y a mejorar el entrenamiento. Vi el montón de errores que estaba cometiendo. Poco después, gané algo de peso y comencé a correr menos, pero  todo comenzó cuando empecé a decirme a mi misma “tienes que” correr. Tienes que estar en forma. Tienes que adelgazar. Porque al engordar me propuse bajar esos kilos y “tenía que correr”.  Fui haciendo todo lo contrario, ya no me ponía las zapatillas contenta. Era una obligación y no algo para disfrutar. Además cometí el error de escuchar a gente que se burlaba de mí, pero eso es otra historia. El pensar tengo que correr era lo que me bloqueaba. No tardé mucho en dejarlo del todo.

Vuelvo a calzarme las zapatillas

Así que desde mi experiencia os recomiendo cambiar el chip, dejar de pensar “tengo que” y cambiarlo por un “quiero”, por un “puedo”, por un “voy a”. Puede parecer una chorrada, pero nuestra forma de pensar influye en nuestras acciones. Nada bueno comienza con un “tengo que”. Tengo que estudiar, tengo que fregar, tengo que pasar la aspiradora,tengo que escribirle a X que hace un mes que no sé de él… Eso solo te lleva a hacer las cosas por compromiso, por rutina o porque crees que tienes la obligación de hacerlo. Y en realidad, hay muy pocas cosas en el día a día que sean realmente imprescindibles, que realmente debamos hacer. Yo no tengo que escribir, ni que ir a correr, ni que limpiar el microondas. No tengo que escribirle a ese conocido a ver cómo está. No se va a acabar el mundo si no hago esas cosas. De hecho, la mayoría son muy poco importantes. Lo que ocurre es que nuestro cerebro es experto en sabotearnos. Nuestra propia mente es muchas veces nuestro peor enemigo. Si nos hacemos conscientes y hacemos las tareas tratando de disfrutarlas o incluso en automático, sin pensarlo por simple que parezca, podemos vencerla.  

Con la escritura casi me pasa lo mismo que con el running o con fregar el suelo de casa. Lo hubiera convertido en una obligación de no haberme topado con esa frase en el libro. Porque no tengo que escribir. Lo hago porque quiero, porque me gusta, porque sí. Así que ahora me digo: no tengo que escribir. Y escribo. Lo curioso es que de este modo me quito la presión y dedico unas horas, que podía dedicar a leer o a dormir o a cualquier otra cosa, a escribir. Porque si no escribo da igual, no importa. Si no escribo no pasa nada, pero escribo. Escribo porque me gusta. A pesar de que no tengo que escribir. 

Lo de evitar pensar ” tengo que”, lo de no tomarme lo que hago como una obligación, lo he aplicado a más aspectos de mi vida y funciona bastante bien. En cierto modo, te da poder sobre lo que haces, eres tú quién decide. Aunque me temo que solo funciona si te lo crees de verdad, no vale con repetirlo como un mantra. Creo que ya lo había leído  en algún artículo, de hecho, pero no empecé a creermelo hasta esa semana de relecturas febriles. Por tonto que parezca, ha marcado una gran diferencia. Ahora escribo contenta otra vez, sin presiones absurdas. He desterrado el tengo que escribir y simplemente escribo.

Los que habéis leído “El grito de los murciélagos” sabéis que no solo trata de escribir, trata también de la amistad o de mantener amistades dañinas, más bien. Pues con su lectura me he dado cuenta de que soy esa “amiga tóxica” con algunos de mis conocidos y no porque sea como Víctor, sino porque me he empeñado en seguir con relaciones zombies. Amistades que están acabadas desde hace tiempo, pero que me empeñaba en mantener andando. Aunque de eso ya me di cuenta en la primera lectura.

Se habla mucho hoy en día del desarrollo personal, de crecimiento, de ser asertivo y positivo. Sabéis de qué hablo, la autoayuda y esas historias; pero esa sabiduría, la de verdad, se aprende a base de vivir y de observar la vida. También se puede aprender en algunos libros, pues los libros nos hacen vivir una aventura, hacen que nos sumerjamos en otras vidas. Yo creo que la ficción es más efectiva que la autoayuda para aprender, para hacernos reflexionar, para apresar fragmentos del inmenso arte de vivir precisamente por esto último. Si te dicen que no tienes que tener muchos amigos para estar bien, que se puede estar bien solo (y mucho mejor que mal acompañado), tal vez en principio te lo creas; pero pronto eso fallará por todos lados porque no estás convencido. En cambio, si lees una historia y te das cuenta por ti mismo, como me pasó a mí con muchos libros, ese conocimiento es tuyo, es algo propio y lo aplicas en tu vida sin ser consciente de ello. Lo mismo pasa con hacer las tareas por obligación o, al contrario, porque quieres hacerlas. 

Todo esto lleva a que la literatura de ficción es un medio de aprendizaje. Tal vez no de matemáticas ni de ortografía, sino de los aspectos realmente importantes de nuestra vida. Para mí, desde luego, es mucho más que mero entretenimiento. Y cada lector aprende algo diferente del mismo libro. No se trata de adoctrinamiento ni de lo que nos quiere decir el autor, sino de la percepción de la realidad a través de la literatura. Como he leído por ahí: quién no lee vive una vez, el lector vive mil vidas. 

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4 comentarios en “Revelaciones febriles

  1. Tal vez todos nos hemos saturado un poco con lo “rápido” que va la vida. No me son ajenas tus sensaciones, porque yo las he experimentado muchas veces.

    Creo que está bien respirar, disfrutar de los procesos y dejarse llevar (un poco). Dejar la obligación para el trabajo y lo inexcusable; y la libertad para lo que nos gusta hacer. Las letras y las lecturas nunca deben ser encadenadas, ni rápidas, ni asfixiantes. Son libres: es lo que las hace hermosas.

    Por cierto, me gusta mucho tu estilo en este post. Creo que has mejorado considerablemente. Te felicito. Ánimo.

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    1. Muchas gracias por pasarte por aquí y comentar. Estoy empezando aún y ya me agobié jaja. Hay que respirar, es muy cierto. A veces a estas sensaciones me cuesta ponerle palabras y son las letras de otras personas las que me muestran el significado. Lo del estilo, simplemente me voy soltando poco a poco. ¡Muchísimas gracias, Miriam!

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  2. Ante todo enhorabuena por el artículo. No es sencillo escribir según qué cosas, y mucho menos para admitir manías, defectos o costumbres a mejorar.
    Para seguir, muchas gracias por mencionar a mis murciélagos. Ha sido leer la palabra febril y me dio en la nariz que algo tenían que ver…
    No es que el protagonista de esa novela sea quien dice “Tengo que escribir” porque ser fruto de mi imaginación, es que yo mismo lo he dicho infinidad de veces. Igual que cuando he pasado periodos de mi vida sin escribir he sabido decirme “No pasa nada, estás ocupado, te es imposible, pero estás acumulando experiencias con esas otras ocupaciones y te son de inspiración. Cría ganas. Aliméntalas.” Vamos, que de la misma manera que me he obsesionado con ponerme a teclear, también he sabido apreciar las rachas en blanco, verles el lado positivo. Así que supongo que llevas toda la razón al decir que escribimos, más que somos escritores; de hecho, hasta que “me convencieron” siempre decía eso: “Escribo”. Me parece más positivo y quita presión, Alivia. Y, joder, ya que no nos ganamos la vida con esto ni tenemos cientos de miles de fans aguardando impacientes a que volvamos a publicar, pues eso, relax.
    Sin ánimo de centrar el comentario en la novela, ciertas cosas que señalas me han servido para reafirmarme en una idea: el protagonista no es ni negativo ni pasivo, como algunas personas que la han leído argumentan. Tiene que zanjar ciertas cosas que no son fáciles de zanjar pero sabe que debe hacerlo, y en todo momento está pensando en escribir. Para muestra la novela que acaba sacando apenas se soluciona el conflicto con Víctor y el conflicto en sí. Todo cerrado.

    En fin, a seguir escribiendo, mucho ánimo. Ya sabes que puedes contar conmigo para lo que pueda ofrecerte.
    Un abrazo, gracias de nuevo.

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    1. Un millón de gracias, Jesús, por leer y por tus palabras. Tus murciélagos dan mucho de sí, no va a ser la última relectura seguro. A todos nos pasa muchas veces lo mismo que a tu protagonista, tenemos problemas, asuntos pendientes y viejas historias que no han acabado del todo. Y hay que sacarse la presión de encima, dejar que fluyan las letras y, sobre todo, que fluya la vida.
      Mucho ánimo a ti también. El camino de escribir o de ser escritor no es sencillo, ningún de los caminos de la vida lo es. Ten siempre en cuenta que tus historias llegan a su destino, conmigo al menos lo hicieron, y tienen su importancia. Descansa, reponte, no te obligues, pero escribe y piensa en escribir 🙂
      ¡Muchas gracias!

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