Un lunes, ya hace unos meses, me llamó una amiga y tras una bonita felicitación de cumpleaños me dijo que había soñado conmigo: “Habías publicado un libro y dabas como una conferencia o una presentación. Y luego había sushi.” Me quedé un tanto anonadada y le contesté que en la presentación de mi libro pondría jamón. 

Era una broma, por supuesto. No tengo nada escrito con la suficiente calidad como para hacer el esfuerzo de publicarlo y creo que nadie iría a oirme hablar de mis pobres textos ni aunque pusiese jamón de verdad. Cuento esta pequeña anécdota personal porque me ha llevado a una reflexión también muy personal. 

He leído en algún blog de cuyo nombre no consigo acordarme que muchos escritores noveles se enamoran perdidamente de sus obras. Las adoran hasta el punto de no ver sus defectos, de creer que deben gustarle a todo el mundo. Eso por supuesto es un imposible, puesto que  por muy buena que sea una obra siempre es imperfecta, de lo contrario no sería arte (hecho por humanos, al menos) Tampoco hay nada que le guste a todo el mundo, por muy bueno que sea. Por poner un ejemplo, a mucha gente no le gusta el café, el chocolate o la cerveza por los que otros casi perdermos la cabeza. Hay gente que no come jamón ni aunque sea gratis. 

Bromas aparte, yo no soy escritora, ni siquiera aspiro a serlo. Pero llevo más de diez años con una historia (o más bien varias) en mi cabeza que quiero contar. Quiero escribirla, aunque tal vez no llegue a ver la luz. Es posible que nadie llegue a leerla nunca, aunque consiga  finalmente arrancarla de mis entrañas y darle vida. 

Puede ser el hecho de que no soy escritora el que hace que yo no me enamore de mis textos, sino que más bien me sucede todo lo contrario. Me horrorizan, me parecen feos y muy poco dignos de ser leídos. Hablando mal, todo lo que escribo me parece mierda o algo peor.  Cada vez que subo un pequeño texto a Twitter le doy mil vueltas, pero pocas veces me parece que quede bien. Finalmente me digo a mí misma: pues algo tengo que subir… Y allá vamos. 

Con las entradas de este desván, de esta pequeña bitácora, me pasa lo mismo, solo que me agobio aún más. Tengo varias entradas escritas, entre reflexiones, pseudopoemas y microcuentos; pero, si no me hubiese impuesto la obligación de postear algo cada lunes, ninguna sería publicada. Me parecen zafias, horrendas, mal elaboradas… Incluso pienso que aportan muy poco a posibles lectores. 

Y con el borrador de mi novela la cosa es aún peor. Llevo ya unas semanas sin ser capaz de ponerme de nuevo con ella, aunque tengo decidido que la volveré a empezar otra vez casi desde cero, o tal vez la convierta en algo muy diferente a lo que tenía pensado en un principio. Me he dado cuenta de que hay muchas maneras de contar una historia. Hay muchas formas de desarrollar una idea. Para ello hay que tomar decisiones y atenerse a ellas. 

Tal vez sea que me exigo demasiado, tal vez falta de confianza o que quiero hacerlo todo tan bien que al final no hago nada. Pocas cosas hay tan nocivas para la productividad como el perfeccionismo en exceso. Tal vez ese descontento con lo escribo no sea bueno, porque me bloquea, me impide avanzar y hace que rinda poco y mal. 

Sin embargo, esa especie de odio que le tengo a mis pequeños textos es lo que me lleva a leer más y tratar de ver otros puntos de vista en mis lecturas, a estudiar libros sobre cómo escribir, a repasar la ortografía y la gramática. Últimamente me está llevando a empezar a estudiar la literatura y su teoría. En pocas palabras, el saberme tan poco diestra en el arte de escribir hace que quiera mejorar y que trate de aprender al menos lo que puede aprenderse, es decir, la técnica. 

Diréis que por qué escribo, si me causa tantas dudas y tanto desasosiego. Por qué tengo blog si lo llevo con tantas dificultades. La respuesta es muy simple: amo escribir y amo la literatura. Puede que lo que escribo no merezca ese nombre, no sea literatura, al menos aún no. Las historias nacen en mi cabeza, surgen como una fuente de agua de la tierra. Y aunque sea un agua turbia y no potable, no puedo evitarlo. Me he percatado de que necesito escribir, de que si no lo hago es mucho peor. Los personajes, sus vivencias y sus sentimientos me inundan hasta el punto de pasarme horas soñando despierta con ellos. 

Por eso tengo este blog, que tanto tardé en abrir y tantas veces pienso en no volver a actualizar. Por eso le dedico tiempo a escribir borradores de historias que nadie leerá. Por eso me frustra tanto no ser capaz de expresarme como quiero y de parir esa novela que se resiste a nacer. Soy consciente de que nunca queda como nos imaginamos. La película que me monto en mi cabeza no es lo mismo que la historia que consigo poner sobre el papel, o más bien la pantalla. 

He probado a seguir las normas y los consejos de los que saben más que yo. He tratado con poco resultado de escribir esquemas, escaletas, resúmenes, fichas de personajes y hasta he hecho planos de los lugares de mi novela. He escrito o empezado a escribir varios borradores sobre los que pensaba construir el argumento que no me convencen. Tal vez sea hora de simplemente contar la historia, de darle a las teclas sin más y dejar a los personajes, las tramas y los lugares hablar. Y algún día, tal vez, llegue a atreverme y tenga que ofrecerle un poco de jamón (o sushi) a los amigos que me concedan el honor de dejarme hablar de lo que haya escrito. 

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10 comentarios en “Jamón

  1. No sé si es que ya no me considero novel o que simplemente me pasa lo mismo que a ti, pero no estoy enamorado de ninguno de mis textos. Y a día de hoy dudo que me pase en un futuro: planificas una historia, en ocasiones lo haces hasta extremos que lo único que hacen es agotarte y postergar el momento de escribir de verdad, y cuando acabas y lo comparas no es lo que pensabas. O al menos eso es lo que parece, esa es tu opinión. Pero claro, esa insatisfacción tan cruel y corrosiva hacia nosotros mismos se mezcla, si es que se puede conseguir, y te transformas en un autómata: “Las historias nacen en mi cabeza, surgen como una fuente de agua de la tierra. Y aunque sea un agua turbia y no potable, no puedo evitarlo. Me he percatado de que necesito escribir, de que si no lo hago es mucho peor”.
    Espero que algún día te decidas a darle duro a esa novela, cuenta conmigo para lo que pueda ofrecerte como ayuda. Creo que incluso comería jamón si llegases a hacer una presentación 😉

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    1. Muchísimas gracias, Jesús, por leer, comentar y por todo. Con lo de escritores enamorados de sus obras no pretendo ofender a nadie. Me he encontrado un par de ellos y una entrada en un blog que venía a decir algo que yo también pienso: algo de autoconfianza es bueno, el exceso suele ser malo.
      Tú eres escritor, no novel, sino que tienes unas cuantas obras, en mi opinión muy buenas, a tus espaldas y una trayectoria. Yo soy una tía que escribe cuando debería estar haciendo otras cosas.
      Sobre la parte del texto que citas, yo no pretendía expresar que te conviertas en un autómata al escribir, ni siquiera se me ocurrió. Solo pretendía expresar con una metáfora que las ideas a veces fluyen así, como agua que mana. No puedo pararlas y si no las expreso, aún sabiendo que no son buenas, es peor porque me inundan. Estoy en la ducha o trabajando o conduciendo y pensando en escenas, diálogos y personajes que acuden a mi mente. Y no puedo evitarlo.
      Lo de planificar creo que es cosa mía, un error de novata, yo tengo parte de la historia en mi mente y va creciendo a medida que la escribo. Hay escenas que surgen tras escribir otras, que no estaban en el plan y lo trastocan. Por eso creo que esas pautas que seguí a mi no me sirven, aunque sean válidas y buenas para otros.
      La novela no sé si tengo capacidad para lograr hacerla, me tengo que poner a prueba. Ensayo -error, intentarlo al menos. Ahora ya sé un camino que no es el correcto para mí. De escribirla no sé si la publicaré, tal vez no merezca la pena. Pero podemos comer jamón igual ☺
      Mil gracias, Jesús. Un placer conocer escritores de verdad como tú, a los que leer y de los que aprender. Me has hecho pensar y ver en mi post aspectos que antes no veía.

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      1. Silvia: Durante la semana pasada, en la FILA17 (Feria Internacional del Libro de Arteaga, Coahuila) tuvimos la maravillosa oportunidad de tallerear con Rebecca Bowman, licenciada en Letras, escritora y poeta bilingüe, radicada en San Marcos, Texas. Como una de sus recomendaciones señalaba precisamente esto que tú indicas, evitar enamorarse de las propias palabras, lo que entorpece el desarrollo del texto.
        Te deseo el mayor de los éxitos, y si alguna sugerencia me permites hacerte es que una vez que hayas definido la columna vertebral de tu libro, escribas sin necesidad de llevar un orden progresivo, ya al final haces el acomodo de los distintos fragmentos. Y sí, yo voto por jamón, ¿eh?

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      2. Muchísimas gracias, Carmen. Tendré en cuenta el consejo, me parece muy lógico. Buscaré también información sobre la autora que comentas. Creo que algo de amor por los propios textos no está mal, lo que veo nocivo a la hora de escribir y desarrollar un escrito es el amor ciego hacia lo que hacemos. No sé si me explico. Odiarlos mucho tampoco te lleva a buen puerto.
        Mil gracias de nuevo por leer, comentar y por todo.
        Yo prefiero jamón también 😉

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  2. Querida amiga desde tanto tiempo ha. Escribís con sentimiento, se plasma el aliento en cada uno de vuestros poemas y fragmentos, esa es la realidad. Tenéis más razón que una santa, ¡al menos así lo creo!, ningún escritor se queda a gusto al 100% de lo que ha escrito, son avatares del destino, pero no por ello debes dejar de hacerlo, sino seguir ese camino que el destino os ha fijado. Un besazo enorme de vuestro fiel admirador.

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    1. Un millón de gracias, Fernando. No sé si es insatisfacción, inseguridad o que realmente tengo muchísimo que aprender, crecer y mejorar antes de lanzarme a escribir. Yo creo que se aprende haciendo y que se mejora en gran parte con la práctica, por eso trato de escribir y compartir aunque solo sean retazos de pensamiento.
      Gracias por tu apoyo, tus amables palabras y por todo. Un abrazo.

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      1. Silvia, la inseguridad se evita plasmando lo que haces, poco a poco vas ganando y conociendo tu esencia, he ahí la primera regla. No tengas miedo, que no da de comer y para eso, ¡ya están los hospitales!, ¿no te parece? Sigue, sigue escribiendo hasta que te agotes, y luego simplemente revisa y corrige lo que crees que está mal que el resto, el tiempo lo dirá.
        De todo lo que he escrito, y es mucho, créeme, no solo lo que tengo en el blog, sino por publicar, lo que más me cuesta es en el castellano de andar por casa, ¿pero sabes por qué?, porque simplemente se pierde en gran medida el estilo, de ahí que aún siga revisando y corrigiendo PAPIRFER y al paso que voy, jamás publicaré una novela história que tiene mucho que dar. ¡Eso no puede ser! ¿Lo ves?

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