Héroes y villanos

Hace unos meses fui al cine a ver una conocida película española. Poco después leí una crítica de la misma donde se afirmaba que era poco creíble por sus personajes planos. Decía concretamente que los buenos eran complemetamente buenos y los malos demasiado malos. Estoy de acuerdo en que  es así, pero es algo que me ha llevado a reflexionar. 

La mayoría de nosotros tenemos parte mala y parte buena. Sin embargo, en la vida real hay gente malvada. Puede que disimulen, que parezcan normales; pero no lo son. Hay mucha gente malvada y que pisaría a quién fuera si eso le beneficia, por venganza, etc. Los malos malísimos existen en la vida real. 

Se han hecho estudios en los que se demuestra que mucha  gente cometería asesinatos, violaciones u otros actos detestables si tuviera la oportunidad de hacerlo sin ser descubierto. A mucha gente le sorprende, a mí ya no. Es algo que estoy empezando a entender, que hay gente que es malvada. Cuando alguien comete estos delitos se suele buscar un culpable, una enfermedad mental o algún trauma; pero no suele ser así. Hay gente que es mala y no hay más vueltas que darle. 

 Afortunadamente, también hay personas que parecen no tener un gramo de maldad, que la repudian, que pierden incluso oportunidades por no perjudicar a otros. El héroe de hoy no es tan infrecuente como parece.

Si bien, creo que estos casos son los menos, la gran mayoría de nosotros no somos ni malvados ni completamente buenos. Por ello, si pretendemos hacer una ficción realista, podemos incluir malos malísimos o buenos buenísimos. Sin embargo, si todos los personajes son así, es muy poco realista. 

En la ficción,como en la realidad, nos suele mover la empatía.Es más sencillo para algunas personas empatizar con los personajes si se ven reflejados en algún rasgo concreto  de ellos mismos que tambien esté presente en las caracterización de ese personaje. Otros empatizamos con mucha facilidad, incluso con personajes en que no nos vemos reflejados. 

Tengo visto que esos rasgos comunes con los personajes suelen ser emocionales. No se trata de tener el mismo color de piel, o el mismo sexo o religión; sino más bien el haber sufrido de la misma manera o haber cometido los mismos errores. De esta manera, un personaje demasiado perfecto nos resulta poco convincente. Si no se equivoca nunca, si todo lo lleva siempre bien nos puede resultar hasta antipático. 
La figura del malo malísimo es todo lo contrario. No está pensando para empatizar con él,aunque a veces puede pasar, sino que solemos odiarle. Por ello, un malo con defectos y alguna virtud nos puede servir mejor como antagonista.Un malo que nos remueva un poco la conciencia como lectores, pues vemos rasgos propios en él, puede ser más efectivo.

Al final, para mí, lo mejor es trabajar bien los caracteres de los personajes, tratar de que sean imperfectos en uno u otro sentido. Los personajes planos no suelen marcarme. Un malo muy malo o un bueno muy bueno tienen un pase, pero no me suelen gustar las historias con solo héroes y villanos. 

Relatos rotos

Tras un tiempo sin practicar la improvisación al escribir, he decidido retomar lo que yo misma llamaba relatos rotos. Así que hoy vengo para explicaros por encima en qué consisten, a qué le llamo yo relato roto. 

Un relato roto es un  texto corto o muy corto. Se caracteriza por no tener esctructura o por estar fragmentada, de ahí lo de roto. También relacionado con el adjetivo roto es el hecho de que suelen hablar del dolor en sus diferentes facetas. En ellos puedo hablar del dolor físico, pero sobre todo del emocional y de ese angustioso estado en que ambos se confunden. 

Volviendo a lo formal, el relato roto trata de reflejar las sinapsis, el proceso fisiológico de la mente. Tal y como las neuronas transmiten y se apagan y colaboran entre ellas en conjunto para crear el pensamiento, el relato roto transmite una sensación en cada frase y otra en su conjunto, pero puede interpretarse de muchas maneras. El relato roto intenta siempre buscar la respuesta emocional del lector. Por lo demás, no tiene estructura fija, ni mucho menos la clásica de introducción, nudo y desenlace. Puede ser, en cambio, todo desenlace o todo nudo aún sin llegar nunca a contar unas historia completa. 

A veces me gusta dotarlos de cierta cadencia y ritmo, rozando la prosa poética a base de recursos poéticos sencillos. Mis relatos rotos suelen ser metafóricos, en su totalidad o en alguna parte.

 Me gusta pensar que estos pequeños textos son fragmentos de pensamiento, de sentir o simplemente de vida. Tal vez no tengan mucho sentido, son como gotas de lluvia que aisladas son agua y juntas océano, nube o manantial. Tienen la misma intrascendencia de lo cotidiano, pero también me gusta creer que logro insuflarles un poco de esa magia que solo tiene la literatura. 

Hoy os traigo además un pequeño relato roto,muy corto e improvisado, puesto que esa es otra de sus señas de identidad, el no trabajarlo demasiado para que las emociones fluyan.

Mientras  que la vida aguante

El cuerpo, que de pronto es tuyo de nuevo pues lo sientes y lo padeces, es sostenido por unas manos empapadas. Ves el mundo gris, apenas una mancha borrosa que tus ojos no pueden distinguir. Abres la boca y se llena de aire frío que raspa tus mucosas al inhalar. Al exhalar un quejido agudo que no identificas como tuyo hiere tus oídos. Alguien dice: “es una niña”y con su último estertor de conciencia, tu alma recién despertada recuerda que un día, hace muchas vidas, fuiste hombre. Y toca agarrar el dedo que te tienden. Y toca mamar del pezón que te ofrecen. Y aprender a reir, a hablar, a moverte y caminar. Hasta que de pronto el cuerpo deje ser tuyo de nuevo. Hasta que la luz te atrape. Hasta que la vida no aguante. 

Revelaciones febriles

El otro día me di cuenta de algo importante, de aspectos de mi vida que debía cambiar, en realidad. Estaba yo con fiebre y malestar, tanto que ni ganas de leer tenía. No podía dormirme, así que abrí Kindle y busqué algún libro en la carpeta de los que me gustaron. Uno que ya hubiera leído para hojearlo y mirar algún fragmento. Me topé con muchos, pero me decidí por “El grito de los murciélagos” de Jesús Carnerero. No sé porqué, tal vez porque estaba un poco agobiada y últimamente apenas había escrito nada.  Y este libro trata, precisamente, de escribir. 

Al poco de comenzar a pasar sus hojas digitales me topé con este diálogo:

—Tengo que escribir.

—Escribe. Y cuando no estés escribiendo, piensa en escribir. 

La segunda frase es inspiradora, pero fue la primera la que llamó mi atención. Quizás fue la fiebre, pero fue una especie de revelación para mí. Como cuando buscas tus llaves y te das cuenta de que las llevas en el bolsillo. Os va a parecer algo muy simple, obvio y tonto. Sin embargo, son las cosas simples, obvias y pequeñas las que al final marcan la diferencia. La gente exitosa lo es porque realiza las pequeñas acciones que sumadas día a día le llevarán a ese éxito, sea grande o pequeño. También piensan del modo adecuado, porque el pensamiento conforma nuestro mundo. Es porque piensan de manera idónea por lo que logran realizar lo que se proponen. Por supuesto, influyen muchos más factores y la mayoría de ellos no están en nuestras manos. Aunque no todos sabemos pensar de manera adecuada, es algo que podemos aprender. 

Veréis, como explico en otras entradas, hace unos cuantos meses que he comenzado a organizar mejor mi tiempo, en la medida de lo posible. Entre las tareas que me propuse hacer todos los días, reservé un par de horas para escribir. Así, he tratado de redactar entradas para este blog, para A Librería y otros proyectos personales en ese tiempo marcado. A los pocos meses de comenzar me di cuenta de que algo no iba bien. Escribía los post y los microcuentos para Twitter sin grandes problemas, pero a la hora de ponerme con los proyectos más largos y personales algo fallaba. Creí que era por cansancio así que dividí ese tiempo en dos sesiones al día y cambié mi horario un par de veces. No funcionó.

La respuesta a porqué no era capaz de ponerme con mis borradores estaba delante de mis narices, pero no la veía. Fue esa frase de Jesús Carnerero, ese “tengo que escribir”, lo que me dio la clave. Porque cuando me sentaba a escribir un post no me decía a mí misma tengo que escribir, pero con mis borradores sí lo hacía. Me decía continuamente tengo que hacerlo, tengo que ponerme con ello, decidir los capítulos que tendrá, que nombre le pongo a la ciudad, a los personajes… Demasiados “tengo que”.  De esta manera llegué a bloquearme todavía más. Ya lo estaba, porque un par de ideas no habían resultado; pero llegó un momento en que lo veía como una obligación. Y no es así. Soy alguien que escribe, del mismo modo que fui alguien que corre. No una escritora, sino alguien que escribe porque disfruta haciéndolo, porque le gusta y, si me apuras, porque lo necesita. Pero esto del “tengo que” ya me había pasado antes. 

Os voy a explicar mi experiencia con el running, porque me pasó lo mismo que casi me pasa con la escritura y creo que es ilustrativo. A mí me gustaba correr, me calzaba las zapatillas, calentaba y estiraba un poco y a trotar, sin pensar mucho. Llegué a correr unos 5 kilómetros unas tres veces a la semana y me sentía muy bien. Corría de casa a la playa y seguía a lo largo de la orilla hasta el pueblo de al lado. Mientras corres estás en tensión, a veces con algo de dolor o molestia, pero al acabar te sientes de maravilla. Luego empecé a leer sobre correr, empecé a planificar y a mejorar el entrenamiento. Vi el montón de errores que estaba cometiendo. Poco después, gané algo de peso y comencé a correr menos, pero  todo comenzó cuando empecé a decirme a mi misma “tienes que” correr. Tienes que estar en forma. Tienes que adelgazar. Porque al engordar me propuse bajar esos kilos y “tenía que correr”.  Fui haciendo todo lo contrario, ya no me ponía las zapatillas contenta. Era una obligación y no algo para disfrutar. Además cometí el error de escuchar a gente que se burlaba de mí, pero eso es otra historia. El pensar tengo que correr era lo que me bloqueaba. No tardé mucho en dejarlo del todo.

Vuelvo a calzarme las zapatillas

Así que desde mi experiencia os recomiendo cambiar el chip, dejar de pensar “tengo que” y cambiarlo por un “quiero”, por un “puedo”, por un “voy a”. Puede parecer una chorrada, pero nuestra forma de pensar influye en nuestras acciones. Nada bueno comienza con un “tengo que”. Tengo que estudiar, tengo que fregar, tengo que pasar la aspiradora,tengo que escribirle a X que hace un mes que no sé de él… Eso solo te lleva a hacer las cosas por compromiso, por rutina o porque crees que tienes la obligación de hacerlo. Y en realidad, hay muy pocas cosas en el día a día que sean realmente imprescindibles, que realmente debamos hacer. Yo no tengo que escribir, ni que ir a correr, ni que limpiar el microondas. No tengo que escribirle a ese conocido a ver cómo está. No se va a acabar el mundo si no hago esas cosas. De hecho, la mayoría son muy poco importantes. Lo que ocurre es que nuestro cerebro es experto en sabotearnos. Nuestra propia mente es muchas veces nuestro peor enemigo. Si nos hacemos conscientes y hacemos las tareas tratando de disfrutarlas o incluso en automático, sin pensarlo por simple que parezca, podemos vencerla.  

Con la escritura casi me pasa lo mismo que con el running o con fregar el suelo de casa. Lo hubiera convertido en una obligación de no haberme topado con esa frase en el libro. Porque no tengo que escribir. Lo hago porque quiero, porque me gusta, porque sí. Así que ahora me digo: no tengo que escribir. Y escribo. Lo curioso es que de este modo me quito la presión y dedico unas horas, que podía dedicar a leer o a dormir o a cualquier otra cosa, a escribir. Porque si no escribo da igual, no importa. Si no escribo no pasa nada, pero escribo. Escribo porque me gusta. A pesar de que no tengo que escribir. 

Lo de evitar pensar ” tengo que”, lo de no tomarme lo que hago como una obligación, lo he aplicado a más aspectos de mi vida y funciona bastante bien. En cierto modo, te da poder sobre lo que haces, eres tú quién decide. Aunque me temo que solo funciona si te lo crees de verdad, no vale con repetirlo como un mantra. Creo que ya lo había leído  en algún artículo, de hecho, pero no empecé a creermelo hasta esa semana de relecturas febriles. Por tonto que parezca, ha marcado una gran diferencia. Ahora escribo contenta otra vez, sin presiones absurdas. He desterrado el tengo que escribir y simplemente escribo.

Los que habéis leído “El grito de los murciélagos” sabéis que no solo trata de escribir, trata también de la amistad o de mantener amistades dañinas, más bien. Pues con su lectura me he dado cuenta de que soy esa “amiga tóxica” con algunos de mis conocidos y no porque sea como Víctor, sino porque me he empeñado en seguir con relaciones zombies. Amistades que están acabadas desde hace tiempo, pero que me empeñaba en mantener andando. Aunque de eso ya me di cuenta en la primera lectura.

Se habla mucho hoy en día del desarrollo personal, de crecimiento, de ser asertivo y positivo. Sabéis de qué hablo, la autoayuda y esas historias; pero esa sabiduría, la de verdad, se aprende a base de vivir y de observar la vida. También se puede aprender en algunos libros, pues los libros nos hacen vivir una aventura, hacen que nos sumerjamos en otras vidas. Yo creo que la ficción es más efectiva que la autoayuda para aprender, para hacernos reflexionar, para apresar fragmentos del inmenso arte de vivir precisamente por esto último. Si te dicen que no tienes que tener muchos amigos para estar bien, que se puede estar bien solo (y mucho mejor que mal acompañado), tal vez en principio te lo creas; pero pronto eso fallará por todos lados porque no estás convencido. En cambio, si lees una historia y te das cuenta por ti mismo, como me pasó a mí con muchos libros, ese conocimiento es tuyo, es algo propio y lo aplicas en tu vida sin ser consciente de ello. Lo mismo pasa con hacer las tareas por obligación o, al contrario, porque quieres hacerlas. 

Todo esto lleva a que la literatura de ficción es un medio de aprendizaje. Tal vez no de matemáticas ni de ortografía, sino de los aspectos realmente importantes de nuestra vida. Para mí, desde luego, es mucho más que mero entretenimiento. Y cada lector aprende algo diferente del mismo libro. No se trata de adoctrinamiento ni de lo que nos quiere decir el autor, sino de la percepción de la realidad a través de la literatura. Como he leído por ahí: quién no lee vive una vez, el lector vive mil vidas. 

Poeta

Dices que no quedan poetas

Que hay quién se hace llamar poeta

Quién pinta versos sin color

Quién rima cantares sin letra

Dices que no queda con vida un poeta

Pero en las calles de luz del hoy

Queda quién da vida a las letras

Queda música sin instrumentos

Queda quién no se llama poeta

Pero rima versos en el viento

Y otros le llaman poesía

A lo que para él solo es lamento

Tú, que te quejas de la vida

Haz de tu pesar poesía

No te llames poeta

Solo acaricia cada letra

Y deja correr su tinta

Adoptemos libros viejos

Hace ya unos cuantos años, cuando aún iba al instituto, en algunas librerías de mi pueblo podían comprarse libros a 2 euros y a veces incluso por menos dinero. Recuerdo una de ellas en la que al entrar por la puerta te llenaba aquel olor tan peculiar a “libro viejo” y te encontrabas dos estantes abarrotados de estos libros económicos. Y no eran de segunda mano, sino los que iban quedando sin venderse. Algunos estaban un poco sobados, pero la mayoría se encontraban en muy buen estado. El estar un poco amarillentos y oler a viejo les daba cierto encanto. Muchos eran clásicos, otros ediciones descatalogadas. Mis limitados conocimientos me impedían saber qué libro era mejor para mí, cuál podía ser un tesoro por  escaso o cuál me agradaría más. Me limitaba a ojearlos y dejarme llevar por el instinto para elegir. Por aquel entonces, eran de los pocos libros que me podía permitir. Siempre he ido mucho a la biblioteca, comprar libros era un lujo demasiado caro para mí.

En la actualidad, la situación ha cambiado mucho. Entras a una librería y no sé a que huele, pero nunca a libro viejo. Ni siquiera a libro nuevo, porque muchas de las cosas que se venden allí no son libros ni material escolar, ni siquiera juguetes u otros objetos que sería habitual encontrar. Allí hay de todo. Por supuesto, hay libros. Libros nuevos, inmaculados y de las editoriales más punteras. Betsellers, libros de youtubers o del famoso de turno. Y muchos otros realmente buenos, pero casi todos  muy actuales. Cada vez veo menos clásicos y menos libros por menos de 10 euros. Se está echando de las librerías a los libros que no se venden bien, que no son conocidos, que no están de moda. Recuerdo que hace unos meses leí un artículo dónde afirmaban que los libros que no se vendían eran sustuidos cada año por las novedades y, como almacenarlos sale caro, son destruidos. Espero que no sea cierto, porque la sola idea me horroriza. 

Todo esto me ha llevado a pensar que hoy en día le ponemos fecha de caducidad a todo, cuando hay objetos que son más que simple papel, que son eternos como las historias y como tales deben ser tratados. Yo comprendo que las librerías son negocios, deben dar dinero y vender lo que la mayoría demanda para lograr ese objetivo. Entiendo también que cada vez se publica más y hay que dar cabida a los libros nuevos también. Sin embargo, muchos de esos libros se venderían en la propia tienda si bajasen un poco el precio. Otros podrían acabar encontrando un dueño en tiendas de segunda mano o en mercadillos. Es lo que se hace con la ropa que queda de la temporada anterior, por ejemplo.

 A veces pienso que un outlet de libros sería una buena idea. Un lugar donde los libros del año pasado o de autores poco conocidos tengan otra oportunidad. Un lugar donde el lector pueda encontrar libros nuevos a mejor precio. Porque el precio cuenta, no nos engañemos. Por mucho que me gusten o me interesen, no puedo permitirme algunos libros. Sin embargo, es un tipo de negocio que nunca he visto. Nos queda internet; pero algunos libros, aún siendo usados, alcanzan precios muy elevados por ser muy difíciles de conseguir. He visto obras de las que solo había un ejemplar a la venta y por más de trescientos euros. 

¿Caducan los libros? Yo estoy convencida de que no. Pero los tratamos como si lo hiciesen, como si pasasen de moda y ya no sirviesen. Porque los libros no son fruta o yogures, no son productos que se consuman y que se estropeen en días. Aunque pasen mil años y parezcan un poco ajados pueden seguir maravillando a los lectores. Por fortuna, quedan muchos lugares donde adquirir libros de segunda mano y mucha gente que de verdad sabe apreciar lo que representan. Si tuviese dinero y espacio me llevaría a casa más “libros viejos” de los que puedo leer, aunque solo fuese por su olor, aunque solo fuese por salvarlos de la hoguera. Así que no lo dudéis, si tenéis la oportunidad, adoptad “libros viejos” dadles vida leyéndolos y hablando de ellos. Porque no todo puede ser leer el último Betseller del autor del momento.  Porque hay muchos buenos libros y autores por descubrir. Porque los libros nunca caducan. 

Selección de poemas, de José Calles y Belén Bermejo

Portada del libro

Hoy voy a hablaros de un libro que compré hace poco. Por fuera parece el típico libro de hipermercado y fue justamente en uno de esos establecimientos dónde me hice con él. Si veis otros títulos de la colección, se puede apreciar que se trata de obras de recopilación muy comerciales. Por ejemplo, hay un volumen de grandes frases y otro de refranes.

Aún no lo leí entero, pero es una de esas obras que leo cuando no me apetece leer. Cuando estoy tremendamente agotada, tanto que no puedo seguir el hilo de una historia, abro un libro y leo trocitos. Esta antología poética de autores hispanohablantes es ideal para esta actividad. 

El libro contiene fragmentos de otras obras, pequeños poemas de diversos poetas y diferentes épocas. Nos acerca además al autor y su obra. A veces también a la época en que vivió. Va desde la primera poesía castellana conocida, en un idioma antiguo difícil de comprender, hasta la más moderna poesía española de posguerra y autores latinoaméricanos tan queridos como Mario Benedetti. Todos son autores consagrados. Hay poca presencia femenina, lo que debe en parte a que no incluye obras actuales (sobre el papel de la mujer en la poesía, o la literatura en general, a lo largo del tiempo se podría hablar mucho; pero no es hoy mi objetivo) Sin embargo, tiene fragmentos de la poesía de autoras de la talla de Rosalía de Castro o Gabriela Mistral. Todos los poemas pueden ser considerados grandes obras de la literatura. 

Aunque gran parte de los escritores que aparecen en estas páginas ya los conocía, aunque fuese de oídas, he descubierto alguno de sus poemas más relevantes en este libro y también algunos poetas que desconocía. Se trata de una obra bastante buena para adentrarse en la poesía si no sueles leerla o para estudiarla con más profundidad tomando el libro como referencia. 

Más que por su calidad, este tipo de literatura puede tener un valor propio por la labor de divulgación que llevan a cabo. Acercan la poesía al lector común y lo hacen de manera sencilla. Durante cada rato de lectura apunto un poeta o poemario sobre el que quiero aprender más. Me sirve casi como libro de texto. Y me sirve como mapa para ir explorando. 

Yo soy de esas lectoras que nunca desprecia los libros, aunque sean de hipermercado o de segunda mano. Y me fastidia un poco la gente que solo lee lo cree que es más exclusivo o lo que está de moda y desprecian el resto. Creo que hoy en día tenemos la suerte de poder encontrar grandes obras en cualquier lugar y a precios asequibles. De hecho he encontrado libros que para mí son auténticas joyas en mercadillos o tiendas de segunda mano. E incluso en el supermercado. Así que aprovechemos y leamos a los grandes clásicos, a los autopublicados, a los autores reconocidos y a los que no conoce nadie. Puedes encontrar una gran lectura donde menos te lo esperas. 

Versos de orballo

Sé que hoy no toca entrada, pero es el Día das Letras Galegas y me apetece celebrarlo con unos versos en mi lengua materna. Los versos y las canciones tienen gran peso en la tradición oral gallega. Por ejemplo, las regueifas son similares a batallas dialécticas en verso entre dos personas que van improvisando y cantando. Hay una tradición muy rica y variada que se está recuperando hoy en día. 

 Espero que entendáis estos pequeños versos.  Y que tengáis un gran día de letras. 

Versos de orballo”

Hai moita chuvia nos días

Días de ler a carón da lareira

A beira do lume entre letras

Saen verbas pasaxeiras

Escritos na marxe dunha narración

Choven versos de orballo

Nacidos da húmida imaxinación

Sen fe, sen presa nin traballo

Versos de escuro alento

Versos de ritmo mollado

Neles se agocha o lamento

De quen non puido cantalos

Jamón

Un lunes, ya hace unos meses, me llamó una amiga y tras una bonita felicitación de cumpleaños me dijo que había soñado conmigo: “Habías publicado un libro y dabas como una conferencia o una presentación. Y luego había sushi.” Me quedé un tanto anonadada y le contesté que en la presentación de mi libro pondría jamón. 

Era una broma, por supuesto. No tengo nada escrito con la suficiente calidad como para hacer el esfuerzo de publicarlo y creo que nadie iría a oirme hablar de mis pobres textos ni aunque pusiese jamón de verdad. Cuento esta pequeña anécdota personal porque me ha llevado a una reflexión también muy personal. 

He leído en algún blog de cuyo nombre no consigo acordarme que muchos escritores noveles se enamoran perdidamente de sus obras. Las adoran hasta el punto de no ver sus defectos, de creer que deben gustarle a todo el mundo. Eso por supuesto es un imposible, puesto que  por muy buena que sea una obra siempre es imperfecta, de lo contrario no sería arte (hecho por humanos, al menos) Tampoco hay nada que le guste a todo el mundo, por muy bueno que sea. Por poner un ejemplo, a mucha gente no le gusta el café, el chocolate o la cerveza por los que otros casi perdermos la cabeza. Hay gente que no come jamón ni aunque sea gratis. 

Bromas aparte, yo no soy escritora, ni siquiera aspiro a serlo. Pero llevo más de diez años con una historia (o más bien varias) en mi cabeza que quiero contar. Quiero escribirla, aunque tal vez no llegue a ver la luz. Es posible que nadie llegue a leerla nunca, aunque consiga  finalmente arrancarla de mis entrañas y darle vida. 

Puede ser el hecho de que no soy escritora el que hace que yo no me enamore de mis textos, sino que más bien me sucede todo lo contrario. Me horrorizan, me parecen feos y muy poco dignos de ser leídos. Hablando mal, todo lo que escribo me parece mierda o algo peor.  Cada vez que subo un pequeño texto a Twitter le doy mil vueltas, pero pocas veces me parece que quede bien. Finalmente me digo a mí misma: pues algo tengo que subir… Y allá vamos. 

Con las entradas de este desván, de esta pequeña bitácora, me pasa lo mismo, solo que me agobio aún más. Tengo varias entradas escritas, entre reflexiones, pseudopoemas y microcuentos; pero, si no me hubiese impuesto la obligación de postear algo cada lunes, ninguna sería publicada. Me parecen zafias, horrendas, mal elaboradas… Incluso pienso que aportan muy poco a posibles lectores. 

Y con el borrador de mi novela la cosa es aún peor. Llevo ya unas semanas sin ser capaz de ponerme de nuevo con ella, aunque tengo decidido que la volveré a empezar otra vez casi desde cero, o tal vez la convierta en algo muy diferente a lo que tenía pensado en un principio. Me he dado cuenta de que hay muchas maneras de contar una historia. Hay muchas formas de desarrollar una idea. Para ello hay que tomar decisiones y atenerse a ellas. 

Tal vez sea que me exigo demasiado, tal vez falta de confianza o que quiero hacerlo todo tan bien que al final no hago nada. Pocas cosas hay tan nocivas para la productividad como el perfeccionismo en exceso. Tal vez ese descontento con lo escribo no sea bueno, porque me bloquea, me impide avanzar y hace que rinda poco y mal. 

Sin embargo, esa especie de odio que le tengo a mis pequeños textos es lo que me lleva a leer más y tratar de ver otros puntos de vista en mis lecturas, a estudiar libros sobre cómo escribir, a repasar la ortografía y la gramática. Últimamente me está llevando a empezar a estudiar la literatura y su teoría. En pocas palabras, el saberme tan poco diestra en el arte de escribir hace que quiera mejorar y que trate de aprender al menos lo que puede aprenderse, es decir, la técnica. 

Diréis que por qué escribo, si me causa tantas dudas y tanto desasosiego. Por qué tengo blog si lo llevo con tantas dificultades. La respuesta es muy simple: amo escribir y amo la literatura. Puede que lo que escribo no merezca ese nombre, no sea literatura, al menos aún no. Las historias nacen en mi cabeza, surgen como una fuente de agua de la tierra. Y aunque sea un agua turbia y no potable, no puedo evitarlo. Me he percatado de que necesito escribir, de que si no lo hago es mucho peor. Los personajes, sus vivencias y sus sentimientos me inundan hasta el punto de pasarme horas soñando despierta con ellos. 

Por eso tengo este blog, que tanto tardé en abrir y tantas veces pienso en no volver a actualizar. Por eso le dedico tiempo a escribir borradores de historias que nadie leerá. Por eso me frustra tanto no ser capaz de expresarme como quiero y de parir esa novela que se resiste a nacer. Soy consciente de que nunca queda como nos imaginamos. La película que me monto en mi cabeza no es lo mismo que la historia que consigo poner sobre el papel, o más bien la pantalla. 

He probado a seguir las normas y los consejos de los que saben más que yo. He tratado con poco resultado de escribir esquemas, escaletas, resúmenes, fichas de personajes y hasta he hecho planos de los lugares de mi novela. He escrito o empezado a escribir varios borradores sobre los que pensaba construir el argumento que no me convencen. Tal vez sea hora de simplemente contar la historia, de darle a las teclas sin más y dejar a los personajes, las tramas y los lugares hablar. Y algún día, tal vez, llegue a atreverme y tenga que ofrecerle un poco de jamón (o sushi) a los amigos que me concedan el honor de dejarme hablar de lo que haya escrito. 

El agua fría del deseo

En tus ojos hay lágrimas frías.

Yo ya no siento, solo padezco. 

Me miras y creo. 

Creo, aún sin fe. 

Creo en tus manos.

En tu todo irá bien. 

Quiero creer.

¿Y tú? ¿Me crees? 

El río de mi deseo es un glaciar. 

Sus aguas ya no fluyen.

Pero tus ríos siguen afluyendo al mío. 

Siguen tratando de hacerlo sangrar. 

Tal vez debí advertirte. 

O debí dejarte marchar. 

Debí decirte que es frío. 

Que de él no se puede regresar. 

Y me miras con fe. 

Pero,¿de qué sirve?

La pasión se congela en las aguas. 

Esas tan frías que brotan de tus ojos.